“Borges y yo”, un mini-cuento por Steve Sadow

For the English version of this story, please see the November 24, 2017 post.

BORGES Y YO

Convencidos de caducidad

por tantas nobles certidumbres del polvo,

nos demoramos y bajamos la voz

entre las lentas filas de los panteones,

cuya retórica de sombra y de mármol

promete o prefigura la deseable dignidad

de haber muerto.

Jorge Luis Borges, “La Recoleta”

Una de esas tardes tibias del invierno bonarense, entré por el portal del mausoleo laberíntico La Recoleta donde quedan los restos de los próceres de la República Argentina—Sarmiento, Mitre, Avellaneda y aún Rosas. Más tarde estaría Evita, pero Juan Domingo Perón, no. También estaban enterrados allí notables de vida literaria y deportista del país.  No conocí el lugar, pero sí el poema de Borges sobre el cementerio, uno de sus más conocidos.

Entré y de repente me fijé  en Borges quien estaba de pie, no más de unos diez metros desde donde yo me paré. Nadie menos que Borges, acompañado por su traductor Norman Thomas DiGiovanni. Vi sus espaldas. Borges llevaba un traje gris; DiGiovanni un púlover. No hablaban ni se movían. Reflexionando, meditando tal vez. Inmóviles.

Sentía un fuerte deseo de interrumpirlos. No obstante, por respeto o por timidez o los dos, no hice nada. Por un instante, me captó el destello de un sepelio elegante de al lado. Cuando dirigí mi vista adonde los dos pausaban, nadie estuvo.

Borges se me había desaparecido.

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